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RADIOACTIVO

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lunes 6 de julio de 2009

El post compartido sigue adelante

Seguimos adelante, construyendo este relato veraniego entre todos. Hoy toma un poco más de forma con la aportación de un radioactivo anónimo gaditano. Tras mi aportación, ¿quién se atreve a seguir?




Hasta entonces no había reparado en el color del cielo. Estaba completamente blanco, como si brillara. Había oído en la radio esa mañana que era un efecto del calor, de la formación de un tipo de nubes finísimas, muy raras en esa época del año. La meteoróloga lo contaba como entusiasmada, como un acontecimiento que nadie debiera perderse. Menuda chorrada. Apuntaba la vista a lo alto, a través del ventanal, por encima de los edificios, para no mirarla directamente a los ojos.

Ella en cambio buscaba mi mirada, un gesto o algo que le indicara que seguía con vida. No era para menos. Deseaba dentro de lo más profundo de su corazón que nada de lo que había contado fuera cierto, que yo no era así, que no podía haber hecho todas las cosas que le acababa de relatar y que me despojaban de cualquier máscara de ser humano que pudiera ocultar mi verdadero rostro. Quizá esperaba que debajo de mi máscara hubiera un monstruo. Pero no existía tal máscara ni monstruo. Bajé la vista para contemplar su bello rostro por última vez.

Entonces apenas puede volver a ver aquellos ojos verdes magnéticos, uno más claro que el otro. El contorno rojo por el mar de lágrimas apenas dejaba rastro alguno de la mirada que me enamoró. Cuando se tapó la cara, sollozando, se desmoronó tanto el flequillo que se le pegó a los labios. Me incliné para acercarle un pañuelo, pero el gesto sólo sirvió para pulsar el botón del llanto. Metió la cabeza entre las manos y los codos se apoyaron en la interminable, muy brillante mesa de aquel bufete sonando a metálico. Fueron un par de golpes secos. De su cuello aún colgaba la medalla de mi madre.


No podía creerlo. Estaba a punto de firmar la separación de la mujer con la que había compartido los últimos 10 años. Entre nosotros hacía mucho tiempo que desapareció la pasión y quedó la costumbre. No había brillo en la mirada ni mariposas en el estómago. Cuántas veces imaginé ese momento y nunca me atreví a dar el paso. Mi vida daba un giro, volvía a estar solo ante el destino y por primera vez en mucho tiempo era yo quien llevaba las riendas. Firmé los documentos y cogí mi pequeña maleta, mi única compañera de viaje.

Era un viejo maletín de piel, herencia de mi abuelo, que antes de maestro de escuela también fue viajante o similar, que era la costumbre por necesidad. El marrón se oscurecía por el centro de los lomos y se aclaraba en las puntas, que habían sido varias veces reforzadas por el zapatero del barrio. Cuando lo deje caer encima de la mesa contrastaba tanto sobre la mesa que parecía un dinosaurio. Tanto se reflejaba sobre la superficie, como si fuera un espejo, que cuando lo abrí para meter los papeles del divorcio parecía que una enorme bocaza los estaba engullendo. Como el monstruo que alimenta a su mascota.

Aquí PIÑE

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José Antonio Piñero
Madrid, Comunidad de Madrid, Spain
Piñe (Puerto Real, Cádiz, 1975) lleva 19 años pegado a un micrófono. Lo viste en Canal Sur y lo escuchaste en RadioVoz, en Onda Cero y ahora en PUNTO RADIO, donde dirige y presenta 'Primera Plana' sábados y domingos.
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